Delito Impreso by Cory Doctorow

Delito impreso (Printcrime)
por Cory Doctorow

Los policías machacaron la impresora de mi padre cuando yo tenía ocho años. Recuerdo su olor como de papel film recién salido del microondas, y la mirada de feroz concentración de Pa cuando la llenaba con pasta fresca, y el aire cálido, como recién horneado, de los objetos que salían de ella.

Los policías entraron por la puerta agitando sus porras, uno de ellos recitando los términos de la orden de allanamiento con un megáfono. Uno de los clientes de papá lo había vendido. La ipolicía pagaba en fármacos de alta calidad — mejoradores de rendimiento, suplementos para la memoria, estimulantes metabólicos. La clase de cosa que cuesta una fortuna sin receta; la clase de cosa que podrías imprimir en casa, si no te importara el riesgo de tener tu cocina llena con una súbita aglomeración de cuerpos grandes y robustos, grandes porras agitándose en el aire, machacando a cualquier persona o cosa que se pusiera en su camino.

Destruyeron el arcón de la abuela, el que ella había traído de la madre patria. Arrojaron nuestra pequeña heladera y nuestra unidad de refrigeración por la ventana. Mi canario se escapó de la muerte escondiéndose en un rincón de su jaula mientras una gran bota aplastaba la mayor parte de ella hasta convertirla en una maraña de alambre de impresora.

Pa. Lo que le hicieron. Cuando terminaron con él, se veía como si se hubiera estado peleando con un equipo de rugby entero. Lo sacaron por la puerta y dejaron que los chismosos le echaran una buena mirada mientras lo tiraban dentro del coche, mientras un vocero decía al mundo que la operación mafiosa de piratería de Pa había sido responsable de al menos veinte millones en contrabando, y que mi Pa, el villano desesperado, había resistido el arresto.

Vi todo eso en la pantalla de mi teléfono, en los restos del piso, mirándolo y preguntándome cómo, sólo cómo alguien podría mirar nuestro pequeño apartamento y nuestro terrible y miserable edificio y confundirlos con la casa de un líder del crimen organizado. Se llevaron la impresora, por supuesto, y la mostraron como un trofeo a los chismosos. Su pequeño santuario en la kitchenette se veía horriblemente vacío. Cuando me levanté y revisé el departamento y rescaté a mi pobre canario, puse una licuadora allí. Estaba hecha de partes impresas, así que sólo duraría un mes antes de que yo necesitase imprimir nuevos rodamientos y otras partes móviles. Entonces, yo podía desmontar y reensamblar cualquier cosa que pudiera imprimirse.

Para cuando cumplí dieciocho, estaban listos para dejar a Pa salir de prisión. Yo lo había visitado tres veces — cuando cumplí diez años, cuando el cumplió cincuenta, y cuando Ma murió. Habían pasado dos años desde la última vez que lo había visto, y estaba en mala forma. Una pelea en la cárcel lo había dejado con una cojera, y miraba por encima de su hombro tan a menudo que parecía un tic. Yo estaba avergonzada cuando el minitaxi nos dejó frente a nuestro edificio, y traté de mantener mi distancia frente a este esqueleto cojeante, arruinado, mientras entrábamos y subíamos las escaleras.

“Lanie”, dijo, mientras me sentaba, “Eres una chica inteligente, lo sé. Brillante. ¿No sabrías dónde tu viejo Pa podría conseguir una impresora y algo de pasta?”

Apreté mis manos en puños tan fuerte que mis uñas se clavaron en mis palmas. Cerré mis ojos. “Estuviste en la cárcel por diez años, Pa. Diez. Años. ¿Vas a arriesgarte a otros diez años por imprimir más licuadoras y fármacos, más portátiles y sombreros de diseño?”

El sonrió. “No soy estúpido, Lanie. He aprendido mi lección. No hay sombrero o portátil por el que valga la pena ir a la cárcel. No voy a imprimir más de esa basura, nunca más”. Tomó una taza de té. La bebió como si fuera whisky, un sorbo y luego una larga y satisfecha exhalación. Cerró sus ojos y se reclinó en su silla.

“Ven aquí, Lanie, dejame susurrarte algo. Dejame decirte lo que decidí mientras pasaba diez años encerrado. Ven y escucha a tu estúpido Pa”.

Sentí una punzada de culpa por haberlo retado. El estaba loco, eso estaba claro. Dios sabía por lo que había pasado en la cárcel. “¿Qué, Pa?” dije, inclinándome hacia él.

“Lanie, voy a imprimir más impresoras. Montones de impresoras. Una para cada persona. Por eso, vale la pena ir a la cárcel. Por eso, vale la pena lo que sea”.

Castellanización a partir de la traducción de:
Ariel Maidana [ariel_maidana@yahoo.com]

“Delito impreso” es parte de la antología Overclocked: Stories from the Future Present de Cory Doctorow (2007), publicada por Thunder’s Mouth, una división de Avalon Books. Se distribuye bajo la licencia Creative Commons Attibution-NonCommercial-ShareAlike 2.5

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~ by dib on December 9, 2009.

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